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De golpe – Relato ganador del 1r CONCURSO de RELATOS CORTOS – Mujer, mi pluma es tu voz

DE GOLPE

—¡Golpeas como un bebé! —me gritó Halima.

Me detuve de repente y la miré furiosa. Estaba sin aliento, empapada en sudor, que caía al suelo en abundantes gotas, atraídas por la fuerza de la gravedad. Me había enojado, porque aquella ley parecía afectar más a mis músculos que a los del resto de mis compañeras.

—No malgastes tu valiosa energía en maldecirme por dentro. —Halima se había dado cuenta de que mi mirada la acusaba de un agravio tan humillante como inútil en aquellas circunstancias.

Tomé aire y volví a colocarme sobre la alfombra polvorienta que nos hacía las veces de lona. No teníamos nada más que eso para entrenar, aparte de unos cartones gruesos que utilizábamos como paletas y que las demás, casi todas vecinas de mi misma aldea, llevaban medio año zurrando una vez por semana.

Las miré con envidia. Según ellas, habían empezado con unos nudillos tan frágiles como los míos, con unas piernas incluso más fatigadas. Pero yo no entendía cómo habían conseguido aprender tanto en tan poco tiempo siendo tan mayores como yo, algunas incluso más. Y sobre todo, no lograba comprender de dónde sacaban el valor para atizarle de ese modo al cartón que Halima nos colocaba por turnos delante de las narices.

Se suponía que debía ver en aquella pasta de papel a mi más temible enemigo, pero yo no podía. Porque aquel cartón no se parecía en nada a la carroña inmunda que me había asaltado por la espalda, hacía unas semanas, para acorralarme contra la puerta de mi propia casa. Aquel cartón no me había inmovilizado con un cuchillo en el cuello para perforarme el coxis con su maldito trépano solamente por la falsa creencia de que una anciana no puede estar contagiada de VIH.

—No puedo —protesté.

—Es la única manera de que puedas defenderte la próxima vez —insistió Halima.

Las demás mujeres asentían serias y silenciosas desde el fondo de la sala.

—¡No habrá una segunda vez! —advertí cerrando los puños tan fuerte como pude. No soportaba la idea de que aquella tragedia pudiera volver a ocurrirme.

—¡Ahí está! —exclamó entonces Halima señalándome el pecho—. Transforma en energía toda esa rabia que llevas contenida ahí dentro y pégale a la paleta de una vez, ¡quieres!

Me preparé para arremeter nuevamente contra mi enemigo invisible. Pero esta vez pasó algo inesperado. De repente no solo veía en el cartón al canalla que me había resquebrajado el alma mediante su podrido falo, sino también a todos los cobardes que por el mero hecho de haber nacido hombres se habían creído con derecho a abusar de mi debilidad física a lo largo de mi larga vida.

Pensé en todos ellos y lancé un golpe tan vehemente que obligué a Halima a retroceder dos pasos. Ella bajó la paleta y me miró con orgullo.

Le devolví la sonrisa, satisfecha. Acababa de decidir que mi dignidad no volvería a ser golpeada jamás por ningún hombre.

Raquel Huete Iglesias

Eva Ramírez

Escritora y correctora, especialista en literatura consciente. Organizadora de eventos y formaciones para el crecimiento en equipo.